En torno a Xapana existía un profundo misterio. Su indumentaria cubría completamente su cuerpo y su rostro, impidiendo que cualquiera pudiera conocer su verdadera apariencia. Ningún orixá había visto jamás el semblante oculto tras aquellas vestiduras de paja y sombras. Ese enigma despertó la curiosidad de muchos, pero fue Oxum quien quedó verdaderamente cautivada. La dulzura y sensibilidad de Oxum la llevaron a acercarse cada vez más a Xapana. Lo buscaba para conversar, intentando descubrir el alma escondida detrás de aquel silencio y misterio. Con el tiempo, lo que comenzó como curiosidad se transformó en un profundo sentimiento de amor. Un día, Oxum le confesó a Xapana la pasión que sentía por él y le pidió conocer su rostro. Pero Xapana, señor de la viruela, de las pestes y de todas las enfermedades de la tierra, cargaba también el dolor de la vergüenza. Temía mostrar su apariencia marcada por el sufrimiento y rechazaba revelar aquello que ocultaba bajo sus ropas. Aun así, conmovido por la sinceridad de Oxum, decidió entregarle un obsequio que simbolizara su afecto y que permaneciera para siempre junto a ella. Lentamente, llevó una de sus manos hacia el pecho, oculto entre las telas y la paja de su vestimenta. Luego tomó la mano de Oxum y depositó en ella un pequeño regalo, manteniendo cerrado el puño hasta el último instante. Cuando Oxum abrió su mano, descubrió una tarántula. Aquella criatura, nacida del misterio de Xapana, se convirtió desde entonces en un símbolo sagrado para Oxum. En honor a ese vínculo espiritual y amoroso, Oxum pasó a utilizar una tarántula de oro como prendedor, representando el amor capaz de ver más allá de las apariencias, aceptando incluso aquello que el mundo teme o rechaza. Así, esta leyenda enseña que la verdadera belleza no habita en el rostro ni en el cuerpo, sino en la esencia espiritual y en la capacidad de amar con sinceridad y compasión.