Estos negros importados de las Antillas estaban destinados a trabajar en las minas. El padre Bartolomé de las Casas, que vivía entonces en Haití, habiendo observado los “buenos resultados” obtenidos con estos esclavos africanos, y apiadándose de la suerte de los indígenas que no resistían los trabajos pesados, ideó un medio que consideró conveniente para salvar la vida de sus catecúmenos y, al mismo tiempo, “salvarles el alma” a los otros: incitar a la Corona de España a autorizar la trata de negros. Hacia 1540, esta autorización para importar 4.000 esclavos había quedado completamente olvidada, y se importaba un promedio de diez mil esclavos por año a las Antillas. Hoy en día, nos resulta muy difícil estimar con exactitud la cantidad de esclavos transportados desde África al Nuevo Mundo luego de la “filantrópica” iniciativa del padre Bartolomé de las Casas, ya que muchísimos documentos han desaparecido o permanecen aún enterrados en archivos. No existen estadísticas precisas anteriores al siglo XIX sobre el período más importante de la historia de la trata de esclavos, etapa fundamental para comprender profundamente las culturas afroamericanas contemporáneas. Los primeros negros desembarcaron en el Brasil en 1550, en la costa del noroeste brasileño, donde las grandes haciendas situadas entre Salvador y Recife reclamaban urgentemente mano de obra de mejor calidad, ya que los indígenas se negaban a trabajar o morían, dejando las plantaciones sin trabajadores. El descubrimiento de las minas de oro en Brasil, en 1680, trajo como consecuencia la intensificación del tráfico de esclavos provenientes del Golfo de Guinea, ya que las minas, insaciables, absorbían toda la mano de obra disponible y también el excedente de trabajadores de los ingenios azucareros y de las plantaciones de tabaco. Hasta ese entonces, el comercio de esclavos en Brasil se había mantenido principalmente con la región de Angola, pero pronto surgió la necesidad de trabajadores mejor calificados para las labores mineras. Los traficantes obtuvieron entonces del gobierno portugués la autorización para establecer la navegación comercial entre Brasil y los puertos de la región del Golfo de Guinea. Provenientes de esta región, llamada “Costa de Mina” en el siglo XVIII, llegaron al Brasil representantes de diversas tribus o “naciones” Entre los más importantes se encontraban los grupos Fanti, Ashanti y Ga, llamados de forma genérica “Minas” en Brasil; los Ewe, conocidos allí como “Jeje”; y los grupos yorubas, denominados “Nagôs”, según la costumbre francesa. También llegaron a tierras brasileñas negros procedentes del interior de África y pertenecientes a grupos o naciones asimilados al islam, como los Peul, llamados “Fulas” en Brasil, además de los Haoussas y Mandingas. La importación de estos negros musulmanes fue considerable hacia el final de la época de la esclavitud, lo que les permitió organizar una serie de insurrecciones armadas en Bahía a comienzos del siglo XIX Sin embargo, el grupo más numeroso entre los negros llegados al Brasil fue, sin duda, el de los yorubas, y en consecuencia fueron ellos quienes ejercieron una influencia cultural más fuerte en la formación de la nueva cultura en Bahía. Por lo tanto, el ritual ceremonial nagô y, en segundo lugar, el jeje, son los que mejor han conservado en Bahía su carácter africano, influyendo fuertemente y sin lugar a dudas en los cultos y ritos litúrgicos de otras “naciones” del Congo, Angola, entre otras. Ciertos autores afirman que la predominante influencia yoruba en Brasil se debe no solamente al hecho de que los yorubas eran numéricamente superiores, sino también a su tardía llegada al país, poco antes de la abolición de la esclavitud. Esto les permitió conservar casi intactas su estructura social y religiosa, así como sus costumbres, idioma y tradiciones, ya que no fueron dispersados como ocurrió con otras “naciones” anteriores, en un esfuerzo por destruir los núcleos raciales y culturales, evitando así posibles sublevaciones y revueltas de los esclavos. Es ésta la razón por la que, en mi caso particular, y dado que mi estudio comparativo se orienta principalmente hacia las relaciones afrobrasileñas, mi investigación y trabajo de campo en África se dirigieron hacia el punto de origen de las culturas africanas predominantes en Brasil: Dahomey y Nigeria. Retrocediendo un poco, debo aclarar que mi interés específico por las relaciones afrobrasileñas surgió después de haber dedicado cuatro años al estudio de las manifestaciones culturales y, especialmente, religiosas del África en Brasil, manteniendo contacto permanente con “terreiros” y casas de culto africano en tierras brasileñas. Naturalmente, mi trabajo de investigación en África debía basarse en mi propia experiencia y en el trabajo realizado anteriormente en Brasil, ya que las manifestaciones de las culturas africanas en el resto del continente americano formaron parte de mi pesquisa únicamente a través del trabajo de documentación y del examen de archivos y bibliotecas.